Durante el año 2015, se celebró el quinto centenario del nacimiento de Teresa de Jesús. Existen muchos grandes especialistas en la orden Carmelita con más autoridad que yo para hablar de la santa; yo solo comentaré algunos aspectos que siempre me han preocupado en la historia de Teresa y sobre la famosa Orden. Pido perdón al erudito, por si objetiva alguna indiscreción en mis letras, pero ruego me disculpe, no existiendo en mi más intención que el de un cariñoso apunte desde la perspectiva del respeto al Carmelo y a sus fundadores.
Santa Teresa es una reformadora muy inteligente que no pretende enfrentarse frontalmente al poder y usos establecidos en el marco eclesial de la época. Siempre me parecieron muy artificiosas aquellas pinturas de la santa, donde parece un ser etéreo que no está en la tierra. Ella tiene los pies bien anclados en el suelo y sabe que un enfrentamiento directo con el poder eclesiástico, dominado por las familias nobles que ocupan los cargos de mayor importancia, supondrá su automática depuración. No toma como modelo la figura del Cristo que expulsa a latigazos a los mercaderes; es una observadora que contempla los aspectos religiosos de su tiempo y saca conclusiones sobre las necesidades de reforma, pero no obligando a nadie para que cambie sus hábitos, sino fundando unos conventos en los que el comportamiento de sus moradores es diferente, como ejemplo para los demás; de ahí su vehemente actividad fundadora.
Santa Teresa no es una exaltada en sus decisiones, es una corredora de fondo que sabe conservar fuerzas para los diversos tramos de la carrera, está obligada a ser cerebral y establecer cambios de una forma indirecta. Utiliza al poder establecido para sus fines, pero no permite que se manipule el orden que se establece en el seno de sus conventos, eso es intocable. Con esto ya tiene demasiado trabajo y conforma la plataforma que establecerá la autoridad moral que precisa para arrojársela a la cara a eclesiásticos y nobles sin necesidad de confrontación. Todos se la rifan para que esté próxima a ellos, pero ella siempre guarda la distancia prudencial, que es precisa, para no contaminarse con las intrigas cortesanas y que nadie se tome confianzas. Esta postura le permite enfrentarse a la nobleza cuando intenta manipularla, y así vemos cómo se las tiene con la princesa de Éboli cuando interfiere en su convento de Pastrana. Su resolución es clara y no le importa el enfado de la Mendoza, prefiere liquidar el convento y deja a la dama compuesta y sin marido, pero incapacitada para la respuesta. Una fiera Mendoza había perdido la batalla y su adversario no había tomado ni siquiera las armas. Mucho debió revolcarse de ira doña Ana, ante la jugada magistral de la santa. El rojo gules no había teñido de sangre la hierba del campo de batalla de los Mendoza. Se perdía un convento, pero se ganaba autoridad y ejemplo en la corte.
La reforma de santa Teresa es una simple mirada hacia atrás, hacia un cristianismo basado en la moderación de costumbres, la austeridad y la oración. Dios es alguien cercano que está entre los pucheros y las exageraciones de la iglesia romana no están presentes en el posicionamiento carmelita, la forma de vida en los conventos y la vestimenta de sus habitantes. Este uso de lo sencillo, ausente de oropeles y desprendimiento de lo material, es lo que da fuerza a la orden ante los demás y les aparta de muchos problemas en su relación con los poderosos. Pocos nobles querrían formar parte de una comitiva de zarrapastrosos que viven como indigentes, pero los admiran por su entrega. Solo los que realmente tienen vocación pasarán a formar parte de la orden y serán tratados sin miramientos por razón de edad o condición. Recordemos que fray Francisco, en Bolarque, es censurado por tener comodidades que se consideran impropias, teniendo que marchar del convento que había creado, en lo que debió ser un triste exilio, por ser autorizado, debido a sus muchos años y achaques, al uso de una modesta colchoneta para dormir. Al mismísimo Francisco de Contreras se le aconseja que no se traslade a vivir a Bolarque, debido a su edad y a la dureza que supone la vida del desierto; y eso que es el gran valedor del convento de Bolarque, con el que los frailes tienen cariñosos aspectos permisivos.
Cuando la Santa perfila la reforma, tiene que ampararse en algún cimiento que sustente el marco de la orden. Elige el contexto bíblico del Monte Carmelo. Se nos marcha a lo exótico de Oriente, con Elías a la cabeza y a los primitivos eremitas que habitaban en las cuevas de aquel santo accidente geográfico. Remonta su orden a la noche de los tiempos y a un mundo totalmente ajeno a la península Ibérica. Siempre me sentiré molesto con esta decisión. Ha traicionado al santo eremita de la península Ibérica, al santo de Fernán González, al santo del reino de Nájera-Pamplona. No se ha fijado en el mejor ejemplo español de lo que ella quiere con la reforma: san Millán. Los huesos de san Braulio, gran cantor de las virtudes del santo, seguro que se estremecieron en su tumba. San Millán hubiera sido un ejemplo hispano, entendible y próximo, lo tenía todo y se hubiera sentido cómodo y contento en cualquier desierto de la reforma. Es el ejemplo de eremita a la española. El monasterio de San Millán de Suso se hubiera convertido en un canto a la reforma y a sus desiertos. También diré al lector, al margen de mis afectos santorales, que santa Teresa es plenamente entendible en su decisión. Su empresa fue tan difícil que necesitó tomar arraigo en los personajes bíblicos, que nadie pondría en duda, bajo pena de los más duros castigos. San Millán, al fin y al cabo, era un santo de andar por casa y no tenía el caché bíblico de Elías para tan difícil empresa. Gracias a profetas y al mundo de los eremitas de tan noble lugar, la reforma se pudo asentar en unos fundamentos intocables, por aquellos que hubieran querido atacarla.
A principios de junio de 2014, pensando en mi próxima jubilación, decidí acometer un asunto que fuera acorde con las líneas de trabajo que desde hace años tengo abiertas y que por falta de tiempo permanecen desbaratadas. No sé muy bien por qué polaricé mis inquietudes hacia mis viejos papeles del Desierto de Bolarque, aunque he de confesar que este tema ha sido especialmente atendido en mis estudios y ejerce en mí una atención especial. Se hacía necesaria una concreción sobre el asunto, pues tratar sobre el Desierto en su totalidad era demasiado ambicioso y podría llevar al traste todo el proyecto. Durante el verano fui ordenando el archivo documental que obraba en mi poder y que nunca había tenido tiempo de clasificar, en un marco coherente, para poder acometer el proyecto. Si bien tenía mucha documentación, aún no conseguía centrarme y dilucidar el asunto que quería tratar.
Todos los veranos me gusta dar algún que otro paseo por Pastrana y visitar la colegiata de Ntra. Sra. de la Asunción, que es para mí un lugar emblemático donde descanso tranquilo y siempre encuentro algo que me llama la atención. Además, tenía la inquietud de conocer cómo iban las obras del Museo Parroquial, cerrado desde hacía tiempo. El museo continuaba cerrado[1] y las obras de acondicionamiento debían continuar, aun cuando tenía noticias de que, en el mes de noviembre de 2013, se había efectuado la devolución de los tapices a la Colegiata, después de su restauración en Malinas (Bélgica) y su periplo por tierras americanas. Absorto en mis pensamientos, llegué a la capilla bautismal de la Colegiata y allí surgió la idea. Tenía delante el asunto objeto de mi trabajo, una menudencia en la magnitud del Desierto de Bolarque. Me refiero a la capilla que hicieron construir Francisco de Contreras y María Gasca de la Vega para su enterramiento. La capilla es un fenómeno arquitectónico menor, pero su excepcionalidad en la estructura del convento puede ser infinitamente más atractiva que la simple pieza constructiva. La capilla nos habla de aquellos que propiciaron su construcción, de sus inquietudes, y su historia personal y familiar. En los ecos de la capilla pueden escucharse algunos acontecimientos que sucedieron entre sus paredes y de lo que contuvo entre otros muchos aspectos que tocaré a lo largo de varios artículos. La capilla con sus dorados, paramentos de mármol, suntuosa cúpula pintada y dotada de sepulcros de fino corte, cuadra más en la Colegiata de Pastrana que en un convento carmelita, siendo algo curioso en un entorno poco dado a estas ostentaciones. La permisividad de los frailes solo puede entenderse en un acto de gran estima y bondad hacia la familia que tanto apoyo les prestó en el marco fundacional del Desierto.
| Capilla bautismal de la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción. Pastrana (Guadalajara) |
El libro publicado[2] sobre el desierto en 1992, por Herrera Casado y Toledano Ibarra, toca solo de forma somera el asunto. He tenido como guía la narración de fray Diego de Jesús María, que es referencia imprescindible en cualquier estudio que pudiera hacerse sobre el tema. La capilla del Desierto es una construcción presa de la ruina y de la acción de la naturaleza. Aunque resistía su cúpula de media naranja cuando la visité por última vez, el interior era un conjunto descarnado de su original ornamentación y contenido, respecto al que se le dotó en el momento de su construcción.
[1] El reformado Museo Parroquial, se inauguró oficialmente el 10 de octubre de 2014.
[2] HERRERA CASADO, Antonio. TOLEDANO IBARRA, Ángel Luis. El Desierto de Bolarque. Guadalajara: AACHE Ediciones, 1992, 93 Págs.




Muy interesante
ResponderEliminarGracias por tu atención
EliminarUn blog ornamentado por alguien que sin duda sabe escribir y de qué escribir, no cabe duda que se prometen próximas eruditas lecturas de hechos históricos y personajes interesantes.Espero ávidus escritos sobre Colón
ResponderEliminarTomo nota sobre Colón. Conoces que es uno de mis temas preferidos. Será en otro Blog.
EliminarSobre los cambios/reformas desde dentro y/o los cambios desde fuera podriamos debatir un rato. Pero en lleyendo la relación de las casi 35 ermitas adscritas al exconvento Desierto de Bolarque, casi todas ellas patrocinados por el poder reinante, podemos llegar a la conclusión que la reforma carmelita de Sta. Teresa sufrió (no se si a gusto o a disgusto)el "acosto" de una contraforma desde el poder, que seguro que, para cuando se produjeron las desamortizaciones,aquella inicial reforma carmelitana ya había sucumbido.
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